En “La monja”, el mal acecha bajo un hábito

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LOS ÁNGELES.- Así de terrorífica como es “La monja” (”The Nun”), no alcanza el nivel de horror que sacude hoy en la vida real a la Iglesia católica.

Pero mientras una nueva generación de cineastas ha infundido nueva vida al género del terror al incrustarlo con comentarios sociales aterradores y prominentes, la franquicia “El conjuro” (“The Conjuring”) — de la cual deriva “La monja” como quinta entrega de la serie — no aborda un tema real. Se trata de exhumar los arquetipos clásicos del terror — casas viejas decrépitas, muñecas viejas espeluznantes — con efectos (mayormente) de la vieja escuela. ¿Y qué representa mejor la vieja escuela que una monja malvada?

Ubicada en 1952, “La monja” muestra los orígenes de Valak (Bonnie Aarons), una monja demoniaca que apareció por primera vez en “El conjuro 2” durante una búsqueda de la experta en fenómenos paranormales interpretada por Vera Farmiga. Esta vez, nuestra protagonista es la hermana Irene (interpretada por la hermana menor de Vera, Taissa Farmiga), una novicia que, justo antes de sus votos, es despachada por el Vaticano con el padre Burke (Demián Bichir), un experto en fenómenos inexplicables (o como él dice, “cazador de milagros”), a un remoto monasterio rumano donde una joven monja acaba de ahorcarse.

La abadía putrefacta y descuidada y su convento adyacente son adecuadamente escalofriantes. El lugar, muy bien creado por la diseñadora de producción Jennifer Spence, tiene el aspecto de un plató de una cinta de terror, con todo y un cementerio neblinoso, y la acción que sigue tiene el patrón de sorpresas y sustos más reconfortantes que pueda esperarse. Entrar al mundo gótico de “La monja”, construido tan sólidamente sobre los clichés de las cintas de terror, es deslizarse a un reino oscuramente fantástico que es prácticamente acogedor y familiar.


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