Acusación antimonopolio contra Apple da esperanzas a desarrolladores de aplicaciones

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Los fundadores de Google declararon célebremente, durante su salida a bolsa en 2004, que estaban “haciendo del mundo un lugar mejor”. Una de las cosas que señalaron como evidencia era la creciente economía en línea que su publicidad respaldaba: en ese momento, 39 centavos de cada dólar en publicidad que Google cobraba se entregaba a los editores web independientes que publicaban sus anuncios.

Quince años más tarde, las cosas lucen muy diferentes. Los montos absolutos han crecido conforme se ha publicado en línea una constante oleada de publicidad, pero Google actualmente sólo transfiere 12 centavos de cada dólar que cobra por concepto de publicidad, y se queda con el resto, una señal de que está respondiendo a más consultas de búsqueda por Internet mediante sus propios servicios.

Esto, como señala el comentarista tecnológico Tim O’Reilly, es la evolución clásica de las plataformas tecnológicas dominantes. Las compañías como ésta siempre terminan tratando de apoderarse de una mayor parte de las aplicaciones o servicios que soportan. Microsoft hizo lo mismo, convirtiendo su paquete de aplicaciones Office en el estándar para computadoras con sistema operativo Windows y, en el proceso, excluyendo a los desarrolladores independientes de aplicaciones para PC.

Dado que cada vez la vida gira más en torno a las plataformas digitales, ¿es ésta una etapa terminal inevitable que les dará a las grandes compañías tecnológicas demasiado poder sobre una parte cada vez mayor de la economía? La acusación antimonopolio de Spotify contra Apple ante la Comisión Europea esta semana es el ejemplo más reciente. Al igual que otros desarrolladores de aplicaciones, Spotify se beneficia de la tecnología de los teléfonos inteligentes y de las tiendas de aplicaciones móviles que facilitan la distribución de su servicio. Pero Spotify ahora se queja de que Apple le está cobrando una tarifa del 30 por ciento por usar su App Store, quizás porque Apple considera que la transmisión de música es su próxima gran oportunidad de negocio.

La senadora demócrata y candidata a la presidencia Elizabeth Warren presentó una respuesta la semana pasada. Abogó por escindir las plataformas tecnológicas y tratarlas como servicios públicos regulados, como parte de una disolución más amplia de las grandes compañías tecnológicas. Ése, después de todo, ha sido un modelo para lidiar con los “monopolios naturales” en otras industrias, desde la transmisión de electricidad hasta los ferrocarriles. Las tiendas de aplicaciones, los motores de búsqueda y las plataformas de comercio electrónico (como Amazon) serían obligadas a darles un trato igual a todos, en lugar de favorecer los productos y servicios internos.

Pero hay muchísimas herramientas, sin llegar a la disolución de compañías, para impedir que los líderes del sector de la tecnología bloqueen injustamente a los competidores emergentes. La acusación de Spotify señala una. Restringir la “vinculación” ilegal de servicios — utilizar una posición dominante en un mercado para ocupar injustamente otro — se ha utilizado antes para frenar el poder de las compañías tecnológicas, en particular en el caso de Microsoft.

Los reguladores deberán hacer un amplio uso de sus poderes para ser eficaces. La impugnación de los reguladores federales alemanes contra Facebook es un ejemplo de ello, pues limita la capacidad de la compañía para utilizar los datos recopilados por uno de sus servicios para apoyar a otros.

Junto con más reguladores activistas, los tribunales también tendrán que contribuir. Un caso actualmente ante la Corte Suprema de EEUU resalta está cuestión: el derecho de los consumidores a impugnar la tarifa del 30 por ciento que Apple aplica en su App Store.

La amenaza de una disolución — si no el acto en sí mismo — también puede ser un arma poderosa. Tanto a IBM como a Microsoft se les amenazó con esa sanción máxima. Se conservaron intactos, pero su cautela con respecto a exagerar su posición puede haber sido uno de los factores que permitió que nuevos competidores crecieran en su sombra.

Por ese motivo, Spotify, junto con todos los demás desarrolladores de aplicaciones que dependen de la tienda de aplicaciones para teléfonos inteligentes de Apple, debe estar deseando que políticos como la senadora Warren sigan lanzando ataques retóricos.

©The Financial Times Ltd, 2019. Todos los derechos reservados. Este contenido no debe ser copiado, redistribuido o modificado de manera alguna. Diario Libre es el único responsable por la traducción del contenido y The Financial Times Ltd no acepta responsabilidades por la precisión o calidad de la traducción.


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